De antemano, gracias por leer este primer capítulo de LA REBELIÓN DE LA ESTATUA, novela de Andrés Caparrós recientemente publicada por Editorial Círculo Rojo. Iremos incorporando otros capítulos con la esperanza de que os vaya enganchando, tanto como para pensar en tenerla en vuestro poder.Rogamos vuestra opinión, enviada a través de nuestro e-m
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Un cordial abrazo, marineros.
1º“Como un lamento del alma mía” Demetria Fernández Díaz se ha convertido en estatua sin darse cuenta. Hay mucha gente así. Millones de personas a las que el tiempo va tendiendo pequeñas trampas insidiosas como un veneno que paraliza lentamente la ilusión de vivir mermando la capacidad de amar, ese espíritu que extiende sus alas de libertad cuando el corazón es joven.Pronto estará en los cincuenta. Su cuerpo conserva el porte y las hechuras de la moza agraciada que fue, con el valor añadido del “bouquet” que da la madurez. Anda con desenvoltura todavía, si bien aquellos fríos inviernos en el matadero de aves de Santa Coloma de Gramanet, han empezado a pasarle factura a sus articulaciones. No era trabajo para una niña de doce años pero había que arrimar el hombro, decía la madre, pues Barcelona era tierra de promisión donde la fortuna esperaba brazos para la brega. Primero, al ser de día, matar y preparar los pollos y pavos; después, doblete, fregando platos en la cocina de un restaurante barato cercano a aquella fábrica de frigoríficos donde trabajaban cientos de andaluces y murcianos. Demetria y su familia vivían realquilados, dos habitaciones con derecho a cocina. La dueña, aunque pasaba lo suyo para hablar en castellano, jamás les reprochó que ninguno de ellos llegara a defenderse en catalán; los trataba bien, haciéndose cargo de la dureza de aquella lucha por la supervivencia diaria. Solían cenar pollo o pavo —asados, en pepitoria, cocidos...— huevos al gusto y de postre “medias lunas” o “brazos de gitano” que el bueno de Cándido Úbeda, dueño del local, le daba para toda la familia. En aquel restaurante, los postres dulces no tenían tanta salida como el carajillo. Por eso pensaba que don Cándido encargaba tanta media luna y tanto brazo de gitano para regalárselos a ella en prueba de afecto que nunca ha olvidado. La estimulaba ver que su sacrifico servía, como el de su madre y hermanos mayores, para ir ahorrando más, y más deprisa, al objeto de volver a Ronda con posibles, un “rinconcito” de desahogo con que mejorar un poco. Pero hubiera preferido ir al colegio; tener una infancia normal con la oportunidad de estudiar. No haberlo hecho, es otra de sus frustraciones.Demetria es una estatua que llora a veces, sin saber por qué. Suele sentarse cerca de la ventana que da al parque para que le llegue el griterío de los chicos y el aire del mediodía mientras parece que se evade en pensamientos, alfombras voladoras que la transportan a otro mundo; o que así, quieta, inmóvil, espera que se abra la cortina, el rebozo de un misterio, para salir del sutil laberinto en que anda tan perdida, tan lejana de la persona que fue. Indefensa como la marioneta que mueven ocultas manos e hilos invisibles, así queda, o así huye, casi petrificada frente a la ventana; vuelve con desgana cuando es inevitable porque llega el marido o su hija la reclama.Como todas las estatuas, vive en permanente pacto con el pasado. A menudo sueña que tiene diecisiete años y canta como entonces “Torre de arena”, imitando a Marifé de Triana. —“Como un lamento del alma mía son mis suspiros, válgame Dios. Fieles testigo de la agonía que va quemando mi corazón...”. ¿Por qué no? Está segura de que hubiera llegado a ser famosa como cualquiera de las cantantes que oye a diario por la radio. ¡Ah, la radio! Es muy posible que sus sueños de artista, tuvieran que ver con la forma del aparato de radio que había sobre la mesita del rincón allá en el saloncillo de su humilde casa de Ronda. Ahora no son como los de entonces; ni quienes hablan lo hacen como Alberto Oliveras, por ejemplo; o como el arrollador Juan de Toro. Los oía a través de Radio Sevilla, de la cadena SER, su emisora favorita. No se perdía ni un “Ustedes Son Formidables”. Cada jueves por la noche quedaba hechizada por la voz, las palabras y, sobre todo, los titubeos del presentador. La mantenían en vilo, parecía que el mundo se paraba o se ralentizaba, pendiente también de aquellas pausas, interminables hasta que llegaba la frase justa que movilizaba la solidaridad de la audiencia. Y el final consabido y triunfal: ¡misión cumplida”. Cuánta fascinación la de aquel mundo sonoro, palpitante en la invisibilidad del aire. Cuánta fantasía surgía al “poner la radio”, al encender aquel aparato que parecía un escenario. La batería, esa que traspasan sólo los privilegiados, era el dial por cuyos laterales asomaban pequeños haces de luz verde oliva. El telón con forma de trapecio ocultaba a quienes hablaban y a las orquestas que, misteriosamente, tocaban en el interior. - “Torre de arena que mi cariño supo labrar. Torre de arena, donde mi vida quise encerrar” La Estatua piensa en aquellos sueños. De tal manera, que en ocasiones, sin darse cuenta, se echa a cantar la triste historia de la famosa copla. Recuerda que la aprendió al oírla por primera vez, sintiendo la premonición de que cada verso era un trazo y toda la letra el retrato de lo que iba a ser su vida. Siempre se estremece cuando la canta, aunque sea para sí misma. ¿Qué diría quien la viera? Pero no la ve nadie. Ha ido cerrando todas sus puertas. Un leve rictus dice que vive, o muere, de apatía. Culpa a su madre, y la disculpa; pocas cosas hay tan humanas como la contradicción. Le reprochará siempre que la obligara a casarse con quien no quería; y la perdona, pues reconoce que sólo deseaba su bien, compensarle los cinco años de penalidades en Cataluña, con un buen matrimonio que le permitiera vivir sin tener que trabajar nunca más. Recuerda a menudo las discusiones con la madre: — “No me gusta; es un malaje. — Pero es rico hija. Te va a tener como a una reina; ya irás haciéndote a él poco a poco. — A mí me gusta el otro. — ¿Qué otro, loca? — ¿Qué otro va a ser? Álvaro. — ¿Ese sinvergüenza mujeriego?". Tal descalificación la sacaba de quicio, porque estaba segura de que Álvaro le sería siempre fiel. Incluso entonces, en la estallante vitalidad de sus diecisiete años, daba poca importancia a la leyenda de “pica flores” que tenía su guapo, rubio y espigado pretendiente. - “Es un bigardo y un bastardo. - ¿Y eso qué significa? - ¿Lo primero o lo segundo? - Lo primero y lo segundo. - Lo primero, un vicioso desenfrenado; y lo segundo, que es hijo de la querida de su padre. - ¿Un vicioso desenfrenado ya a los dieciocho años?”. No es que la madre fuese mujer muy leída sino que tales expresiones eran de uso corriente por aquel entonces. Y se consideraba una enorme mancha ser hijo bastardo, ilegítimo, se decía. Álvaro lo era. A ella no le importaba en absoluto, pero su docilidad la hizo claudicar. La Demetria de hoy debería asumir la responsabilidad por lo que decidió la de ayer. Sólo de ella fueron, son y serán sus errores o aciertos. Se dejó arrastrar por los insistentes consejos de la madre. Y se arrepiente cada día. Le escuece aquella trascendental aceptación pues estaba muy enamorada. Álvaro se le había clavado en el fondo del alma como una piedra en el fondo de un pozo. Un hado, un viento malo la empujó a hacer lo que no quería hacer. Eulogio no confirmó las expectativas, al contrario. Y ¿qué hacer? ¿Divorciarse? Lo ha pensado más de una vez. La ha frenado el qué dirán. Y que no tendría de qué vivir, ya que, en su día, firmó un contrato matrimonial de separación de bienes en virtud del cual, depende por completo de su marido, el rey de los tacaños, que no la trata precisamente como a una reina. — ”Podría trabajar” —piensa a veces. — “¿Fregando escaleras?” —se pregunta. — “De eso nada; ya trabajé bastante en Barcelona” —fin del soliloquio. Hace rato que se han apagado las voces de los chicos que suelen jugar en los jardines de enfrente. Ella sigue mirando a través de la ventana el paisaje vacío de su interior. — ¡¿Qué hay de comer?! Abstraída, no ha notado el ruido de la llave al abrir la puerta. Da un respingo al oír la pregunta altisonante del marido, regresando con ese sobresalto de su ausencia de estatua. Mientras se quita la chaqueta, Eulogio, que viene hambriento e impertinente, no tarda en hacer su acostumbrada pregunta. — ¿A qué hora vino anoche tu hija? Antes se enfadaba. Ya no. Cuando Nati empezó a mostrar sus ansias de libertad, a eso de los quince o dieciséis años, el padre se refería a ella como si no fuese hija suya. Eludía cualquier responsabilidad en su educación, y culpaba constantemente a la madre de las rebeldías de la niña; cosa que la exasperaba. Se enzarzaban en abruptas discusiones. Lo cierto era que Nati, deseada por todos los jóvenes y no tan jóvenes del barrio, gozaba de su éxito y no contenía los impulsos cuando se terciaba una buena fiesta. Eso, ya en su adolescencia; menos, ahora. A estas alturas, a Demetria la actitud del marido le resbala. - Pues pregúntale tú. Se levanta con desgana más que con dificultad, y dispone la mesa. Ignora a qué hora vino Nati. Sabe que no debe controlarla. Entre otras cosas porque de haberlo hecho es muy probable que se hubiera ido con la música a otra parte. Y la alegría de la hija es lo que orea un poco su vida tendiéndola al sol y al viento como una sábana recién lavada. No hay que atosigarla. Y menos, ella. Bastante hay con su propia esclavitud. No le cortará las alas que hubiera querido para sí misma. Además, la niña no era tonta. Desde entonces tiene muy claro cómo conseguir lo que le interesa de los hombres. - Todavía durmiendo a las tres de la tarde. ¡Qué bien! Claro, si se pasa las noches puteando por ahí... Siempre lo mismo. Eulogio ha ido a husmear a la habitación de Nati y viene ahora a la mesa enfadado y grosero. Demetria lo oye sin alterarse lo más mínimo, como quien oye llover. - ¡Joder; a ver si la metes en cintura! “¡Se acabó, basta por hoy! No estoy dispuesta a aguantarte más”. Sin decir palabra, se quita tranquilamente el delantal a cuadros marrones, lo cuelga detrás de la puerta de la cocina, coge el chaquetón de mutón, y se va a la cita de cada tarde dejando al marido con su cargante refunfuñar. - “¡Estúpido…!”. Están a punto de abrir el bingo de la esquina. |